Las series de la era Trump

Las series de la era Trump

Los tiempos han cambiado y que un multimillonario sin autocontrol y una base electoral cercana a la ultraderecha sea el Presidente de los Estados Unidos de América es la nueva normalidad. Hoy mismo podríamos ver el primer paso hacia una situación semejante en Francia. ¿Afectará a la ficción televisiva europea de la misma forma que lo ha hecho a la norteamericana? Repasamos algunos de los ejemplos más notables en los que las series han querido contraatacar a las verdades alternativas de la administración Trump.

A nadie vamos a sorprender diciendo que Hollywood se adscribe ideológicamente en el lado liberal del espectro político, en este caso coincidiendo con el partido demócrata. Si bien hay ciertos actores y directores que se sitúan al otro lado, como es el caso del cineasta Clint Eastwood que en múltiples ocasiones ha sido el protagonista de actos y eventos republicanos, los grandes nombres del mundo del cine y la televisión comercial se suelen alinear con el ‘establishment’ demócrata y su apoyo al principal candidato del partido suele ser dado por hecho.

Tanto es así que esto llegó a provocar en el movimiento ‘alt-right’, esa base a la que hacemos alusión en nuestra introducción, un rechazo profundo hacia los medios de comunicación de masas por ir en contra de su nuevo candidato predilecto que ahora parece haber tomado un carácter mesiánico. Sin embargo, gran parte del éxito de Donald Trump se debe al eco que todos esos medios de comunicación hacían diariamente de los comentarios y proclamas exaltadas en plena campaña electoral. Para el ahora POTUS, esto supuso incontables horas diarias de contenido publicitario gratuito que, al final del camino, le llevaron a tomar la presidencia. No de forma unitaria, está claro, pero si como una de las muchas piezas necesarias para el ensamblaje final.

Antes de que Donald Trump arremetiese contra ‘Saturday Night Live’ por la imitación recurrente de Alec Baldwin sobre su persona, este programa le tuvo como anfitrión durante la campaña. Antes de que John Oliver, Samantha Bee o Stephen Colbert hiciesen un escrutinio y disección cómica muy pormenorizados de sus políticas en la Casa Blanca, Jimmy Fallon le revolvió el pelo en directo en la franja de ‘late night’. De alguna forma, existe la sensación de que la televisión no ha sido lo suficientemente dura con Trump y que ello ha contribuido directamente con su victoria, lo que genera un sentido de culpabilidad del que no se habla pero que está presente en muchos rincones de la pequeña pantalla. Y esto ahora nos lleva a la sobrecompensación que tenemos en las series de televisión.

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Brett O’Keefe (Jake Weber), arriba; Alex Jones, abajo.

La figura de Donald Trump es muy parodiable, casi cada programa de máxima audiencia tiene su propio intérprete haciendo del presidente, tanto que ha llegado a no tener efecto alguno. Pero detrás del gran Donald Trump hay muchos Trumps menores y de eso es algo de lo que se está dando cuenta el mundo televisivo recientemente. Ha hecho mucho más daño a la administración Trump la imitación de Melissa McCarthy de su secretario de prensa Sean Spicer que cualquier imitación previa del Comandante en Jefe. El hecho de que sea una mujer quien le imite – por esa extraña asociación que hace de este hecho con la debilidad de su subalterno – y de que se destaque uno de los peores aspectos de su Casa Blanca, la comunicación y relaciones con la prensa, ha llegado hasta la yugular.

Más allá de los terrenos de dicha edificación presidencial, o en su defecto la residencia personal de vacaciones del magnate Mar-À-Lago, también hay muchos Donald Trump en miniatura, gente que ha alentado al movimiento ‘alt-right’ y deliberadamente incendiado la opinión pública para generar disensión en torno a los ‘establishment’ políticos. Uno de los más conocidos es el teórico de la conspiración Alex Jones, presentador del programa InfoWars y periodista de referencia del presidente. Y es contra esta figura y sus tácticas de diseminar mentiras, inventos o manipulaciones de la verdad como “hechos alternativos” contra lo que se ha dirigido ‘Homeland’.

En una de las campañas más brillantes y al mismo tiempo conspiranoicas de la serie – confirmando esta segunda trilogía de temporadas como muy superior a la precedente – situaba al sosias de este, Brett O’Keefe (Jake Weber), como co-conspirador en una trama de difamación y posterior intento de asesinato de la presidenta Elizabeth Keane (Elizabeth Marvel). Puede que Jones no llegue a tales niveles, pero si que en ambos casos se ha visto cómo la manipulación de la verdad con fines propagandísticos puede influir de forma directa en el resultado de la vida política de una nación. Más allá de los gritos, los improperios y la exaltación patriótica hay fines muy determinados y ‘Homeland’ ha querido exponer esto en su narrativa. No ha sido pasado por alto por parte de ningún espectador ni de la crítica.

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Felix Staples (John Cameron Mitchell), arriba; Milo Yiannopoulos, abajo.

También ha tenido que hacer lo propio ‘The Good Fight’. En parte como enmienda por parte de los King del último tramo de ‘The Good Wife’, de la que es ‘spin-off’, y su error a la hora de abordar las elecciones presidenciales de los Estados Unidos y en otra parte para darle una razón de ser a la propia serie más allá de extender el universo. Como decíamos al principio, los tiempos han cambiado y hay una nueva normalidad, lo que da una oportunidad de oro para mostrar cómo distintos personajes de distintos orígenes tienen que adaptarse a este nuevo ‘status quo’. Sirva de mejor ejemplo Julius Cain (Michael Boatman), único abogado del bufete de mayoría afro-americana que votó al candidato republicano y que siente cómo es visto como un traidor dentro de su bufete y de su raza.

Pero no se ha quedado en la superficie, sino que al igual que ‘Homeland’ también ha decidido mostrar su propia versión de algunos de estos Donald Trump menores que entroncan con el movimiento ‘alt-right’. En este caso, con uno de los líderes del mismo: Milo Yiannopoulos, periodista, provocador político y antiguo editor de la sección de tecnología de Breitbart News. Homosexual, católico y de ultraderecha, se ha convertido en un símbolo en los foros de 4chan o reddit gracias a sus métodos de acoso y derribo a los sectores más liberales de la tecnología y el espectáculo y de su retórica viperina. Estuvo tanto detrás del GamerGate como del hackeo a la actriz Leslie Jones – tras una campaña de críticas por la versión femenina de ‘Ghostbusters’ – y ha sido tanto baneado de Twitter como vetado en numerosas universidades, lo que le ha generado un halo de mártir de la libertad de expresión.

Su versión en ‘The Good Fight’ es muy fidedigna para todos aquellos que hayan seguido un poco al personaje real, ya que detrás de ese Felix Staples (John Cameron Mitchell) hay mucho conocimiento de los orígenes y evolución de esta figura. Bajo la premisa de buscar el caos, la diversión y de paso exponer muchas de las vergüenzas de la izquierda ideológica en las redes, se haya un periodista que ocasionalmente da con la verdad a pesar de buscar la manipulación de todos aquellos individuos descontentos con la realidad social que anidan en las redes y que son presa fácil de mentes mucho más ágiles. Todo ello para buscar notoriedad y sobrecompensar sus propios complejos internos, por supuesto. De forma muy semejante es expuesto esto por Diane Lockhart (Christine Baranski) y nos da a entender que los King saben cómo entender y respetar a un adversario político.

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¿Cómo encaja entonces ‘Designated Survivor’ en este puzzle de mordacidad y crítica muy poco velada? Como elemento de contraste. A pesar de lo que muchos puedan pensar o decir sin haberse acercado siquiera a la serie, no es ni una serie oportunista ni un vehículo de lucimiento para Kiefer Sutherland tras habérsele pasado el tren de ’24: Legacy’. Es un acercamiento desde la óptica desde la luz a lo que el resto de series están haciendo desde las sombras. El Presidente Kirkman es lo opuesto al Presidente Trump, una persona que no quería el trabajo pero que tiene todo el talento para estar al frente de una nación, un sentido de estado que supera toda ambición política o pensamiento partidista y una necesidad por ayudar a reparar una nación rota. No deja de ser una crítica, pero más en la línea del idealismo de ‘The West Wing’ que de lo maquiavélico de ‘House of Cards’.

Habrá tiempo para esta última y para más que surjan en estos cuatro años, o menos si un ‘impeachment’ empieza a aparecer en el horizonte, para analizar la Casa Blanca de Donald J. Trump, pero ya se nota una prisa generalizada por no otorgar cuartel desde el minuto uno. Quizá el no haberle dado importancia en su momento o haber contribuido a su éxito se debe a que nunca se tomó en serio que pudiese acabar siendo el Presidente de los Estados Unidos, pero una vez la realidad ha llamado a las puertas de la televisión esta está intentando responder como mejor sabe.

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