No le digas a ‘Lost’ lo que no puede hacer

No le digas a ‘Lost’ lo que no puede hacer

Diez años, hace hoy, de un avión estrellándose contra una isla. Por qué cayó el avión, quién iba a bordo y lo que nos encontraríamos en esa isla es un misterio que, a día de hoy, parece no tener una respuesta que nos convenza a todos por igual. Algunos creemos que no hace falta mayor respuesta que las escuetamente otorgadas. Otros se sienten traicionados, engañados. Piensan que les han mentido. Otros han trabajado a fondo e incluso se ha creado un documento de 82 páginas donde aparecen todas las preguntas y las (no)respuestas de cada una de ellas, ordenada por capítulo. Eso es Lost. Un relato incapaz de permanecer encerrado en su propia narración. Eso y mucho más.

Muchos no se acordarán de Jeffrey Lieber. Otros sí que se han acordado, gracias a Prometheus o la reciente The Leftovers, de Damon Lindelof (y de parte de su familia). Sin embargo, parece que todo el mundo se acuerda, al pronunciar Lost, de J. J. Abrams. Hablemos, entonces, de J. J.

Me parece relevante, antes de entrar en temario, comenzar por esta charla TED de Abrams grabada en 2007, tres años después del comienzo de Lost. No se habla de la serie, ni tampoco de otras películas o series de Abrams. Pero sí que se habla de lo que el creador de Alias opina sobre el misterio en la historia. Hitchcock había apuntado que el suspense es ver a dos hombres sentados en una mesa, hablando tranquilamente, mientras el temporizador de una bomba avanza inexorablemente y el espectador tiene esa información, información que no tienen los dos hombres. El misterio, quizá, es ver a dos hombres hablando y saber, tanto ellos como nosotros, que bajo una mesa hay una amenaza… contra la que no podemos hacer frente.

La Isla, un ente creado más por el peso de la historia que por aquellos que diseñaron la serie, es esa Caja Misteriosa™ de la que Abrams habla. Cualquier cosa podía pasar en la isla. En el piloto, sin ir más lejos, Jack despierta en medio de la jungla, se encuentra a un oso polar y un sonido mecánico, un supuesto monstruo, devora al piloto del avión. La Isla y sus Misterios no se detendrán ahí. Un bunker, un barco de hace dos siglos, una urbanización de casitas en medio de la nada y una rueda para saltar a través del espacio. Todo eso escondía la Isla.

Si bien la Isla es tan solo una excusa para no hablar de la narración. Es interesante ver este documento entregado a la ABC para vender la serie donde se prometía que la serie sería autoconclusiva, donde todo tendría una explicación científica o que no habría un misterio último, entre otras muchas promesas. Muchos dirán que las mentiras sobre la serie ya empezaron antes de la serie misma. Pero esto es tan solo una causa más de por qué Lost es lo que es. Y por qué nos gusta tanto.

Nos gusta porque es un monstruo de Frankenstein narrativo. Su vida, desde 2004 hasta 2010, estuvo llena de altibajos, baches y emociones. La serie, la Isla, no se contentaba con ser, sino que aspiraba a llegar a ser. Era un drama, una historia romántica, una historia fantástica, suspense, intriga y conspiraciones de multinacionales. No sabíamos qué nos íbamos a encontrar a continuación, pero así funcionaba. En vez de anclarnos en la expectativa (ahí viene el decimotercer chiste sobre lo raro que es Sheldon), nos hacía vivir en la más pura ceguera. El árbol era tan bonito que no queríamos ver el bosque.

Quizá nunca hubo un bosque. Quizá Jay Jay, Lindelof, Lieber y el resto de guionistas y productores ejecutivos que ha tenido la serie en sus seis años de existencia iban improvisando sobre la marcha. Era bonito, sin embargo, creer en él. En parte, quizás, porque cuando nos daban respuestas, estas eran insatisfactorias y no estaban a la altura de la pregunta. Porque Lost era muy consciente de todas las preguntas que hacía.

Toda la mitología, al menos en su gran parte, fue creada por Lindelof y Cuse, como explican en esta entrevista. Esa mitología, como ellos mismos cuentan, ha sido fundamental a la hora de atraer y fidelizar a un público (yo). Sin la ciencia ficción, sin el misterio y las explicaciones científicas un poco peregrinas, solo sería un grupo de gente sentada en la playa hablando sobre su vida. De esta forma, con viajes en el tiempo y búnkeres, no necesitamos que cuenten cosas. Los personajes hacen cosas y, a su vez, nosotros vemos su vida. Locke estaba en silla de ruedas y ahora anda. Nosotros tenemos toda esa información y podemos comprender al personaje de una forma mucho más profunda que el resto de personajes.

Toda esta mitología sirvió para expandir, aun más, la Isla. Cualquier pequeño gesto era replicado por un fandom incansable. Quizá, y esto es tan solo conjetural, Lost llegó en ese momento en el que comenzó toda la seriefília actual. Ayudado por el foro más grande jamás creado (Internet, por si aun no habías caído), la serie evolucionó a marchas forzadas. Pese a que su audiencia caía, su fama no hacía más que aumentar.

Cuando parecía que todo estaba vendido, que ahora sí llegarían las respuestas… la Isla saltó el tiburón. Una bomba de hidrogeno explota y vemos a Jack sobrevolando un pedazo de mar donde no hay nada. Vemos a Jack llegando a destino, con un padre muerto que ya no se le aparece como a un Hamlet cualquiera. ¿Qué está pasando? ¿Estamos en el futuro, en el pasado o… en un presente alternativo?

Otra vez más, la Isla jugando con nosotros. Jugando con su propia narrativa, con un descaro y un desparpajo que no nos podíamos creer. La sensación de que un texto, una serie, va más allá de su propio contenedor resulta emocionante. Para aquel que lo piense, Lost no es la mejor serie de la historia. Esa seriefília que se inició un poco antes o un poco después de Lost nos ha hecho creer que el Alfa es HBO y Los Soprano su emisario en la tierra. Cuando Expediente X o Buffy ya lo habían hecho antes, por no irnos muy atrás (aunque quizá hubiese que apuntar mejor a Twilight Zone).

Echando la vista atrás, uno se pregunta cómo es posible. Mucho fan desencantado esgrime como argumento que siempre ha sido una historia de personajes y las respuestas no eran necesarias. Pero todos sabemos que queremos esas respuestas. El simple miedo de saber que no están, que no existen, nos atenaza y nos enfada. Quizá Lost también tenía un poco de memento mori. Quizá Lost era todo esto… o quizá solo fue un gran humo negro.

 

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